Mostrando entradas con la etiqueta relato. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta relato. Mostrar todas las entradas

08 enero 2012

El robo.

Recién llegado de Francia no se había preocupado por conocer las leyes ni las costumbres islámicas a pesar de que su compromiso con el gobierno Afgano era para tres años.

En su embajada le habían recomendado los servicios de un joven musulmán que suplía el desconocimiento del francés con su inteligencia despierta y su buena disposición para las tareas domesticas.

El señor Pierre fue condescendiente con su criado -en su opinión reservado en exceso- cuando en su primer verano de estancia en Kabul echaba en falta, con relativa frecuencia, algunos refrescos de su bien surtido refrigerador.

La desaparición de un reloj de oro durante un fin de semana fuera de la capital le hizo sospechar de Ibrahinn y sin pensar en el alcance de su denuncia lo puso en conocimiento de las autoridades.

No pudo evitar el pobre criado de un rico ingeniero de obras públicas que le cortaran la mano derecha a pesar de no encontrársele la joya entre sus pertenencias y de proclamar a gritos su inocencia.

No pasó mucho tiempo cuando al darle la vuelta al colchón por el lado de invierno, ahora no disponía de ayuda en las tareas de la casa, apareció el reloj de oro enredado entre los muelles del somier.

El señor Pierre, que era un hombre justo, no dudó en presentarse ante las autoridades para comunicar el hallazgo y ponerse a disposición de las leyes islámicas.

Al poco tiempo fue visto en el avión que le trajo de vuelta a Francia con el puño de su camisa de seda anudado sobre el muñón donde le faltaba su mano derecha.

19 septiembre 2011

En la presentación de Manifiesto Saltamontes.


"Después de este chocolate de pecado resulta complejo hablar de mentiras.

Me acuerdo en Bilbao que nunca me dijeron en casa que aquello iba a durar 2 años y no tuve bastante calma. Y yo a mi vez, siempre que preguntaban si quería irme de aquel sanatorio observé a mi vecina que decía con la cocorota que no y yo tomé nota del camino que podría tomar si mis padres se lo creían demasiado para librarme de noches mojadas y broncas, una mentira que genera otra.

Otra mentira era ocultar o silenciar mis mejorías… por si acaso.

Otra mentira es el descubrir América: en las primeras décadas de franquismo se hablaba de evangelizar infieles como quien convierte a los chinos o indios en la actualidad, pocas veces se insistía en la búsqueda del oro y las especias y eso me recuerda una pregunta de mi examen de segundo trimestre en el que no recordé a tan conservantes señoras y adiós aprobado de marras, que Dios las conserve. Esa mentira de la madre patria hace que América y España no se conozcan mucho y que algunos españoles no sepamos a veces ni las capitales, y que nuestras culturas hayan andado de espaldas hasta literatura americana.

A mediados o finales de los 60 llegó a nuestra casa una colección argentina para el colegio de mi padre. Estas enciclopedias se llamaban Lo sé todo y hablaban mucho de los abusos y robos de nuestros soldados. Esperemos que la convivencia entre emigrantes genere verdad y sinceridad.

Yo cuando dejé de mentir es cuando me encontré peor y menos ágil.

La mentira de la colza fue mortal, si la hubieran contado al comienzo en lugar de hablar del bichito que se pisotea tal vez hubiese habido menos víctimas."

. . .

Carmen Soria compartió sus vivencias con los familiares, amigos, compañeros y voluntarios de la CAMF de Leganés durante la presentación de su libro "Manifiesto Saltamontes", en la Fnac de Parquesur.

Muestro algunas fotos del acto, en el que la autora narró sus experiencias. Siempre acompañada por el escritor Andrés Mencía, que además ha sido el encargado de pasar a limpio los descubrimientos que Carmen le contaba desde su silla. También de los compañeros y voluntarios que compartieron sus palabras de admiración y reconocimiento, entre ellos Manuel Herrera, que ya nos dejó en el blog los comentarios a la obra. Y por último Cesar, posando con Carmen, que insistió en que le retratara para aparecer en el periódico de Leganés, aunque a pesar de mis explicaciones creo que no logré convencerle de que no era periodista. Sirva al menos este post para que su foto sea publicada.






14 enero 2010

Manuel Herrera, finalista de los VIII Premios Literarios de Constantí.

Napi-Narrativa-REC
Historias de la tierra.
VIII Premios literarios de Constantí 2009.
Silva Editorial.
Precio: 10 € + gastos de envío.

Manuel Herrera, de cuando en cuando, se pasa por el blog y nos regala con alguno de sus relatos. Uno de ellos, titulado Con el paso cambiado ha sido finalista de los VIII Premios Literarios de Constantí 2009, organizado por este municipio tarraconense.

El tema de la presente edición ha sido “Historias de la tierra” y se han presentado ha concurso más de 300 trabajos en lengua castellana y catalana. De ellos, el jurado, formado por gente del mundo de las letras, ha premiado tres, uno por cada categoría (adulto, junior y juvenil) y seleccionado treinta finalistas.

La concesión tendrá lugar en un acto público organizado por el Ayuntamiento y que se celebrará el domingo 24 de enero a las 12:00 horas del mediodía en la Biblioteca de Constantí, en el núcleo antiguo de esta población.

Además de los premios en especie y del reconocimiento del valor de lo escrito, se publica un libro con los escritos galardonados que puede adquirirse por 10 € más gastos de envío a Silva Editorial.

Desde aquí mi enhorabuena, que continúes en tan buena senda, y sobretodo, no cambies el paso. Y a los lectores del blog no puedo dejaros de recomendar la lectura del relato de Manuel, pasaréis un buen rato y seguro que os resultara muy, pero que muy familiar.

20 julio 2009

Dinero.

Se han levantado voces pidiendo que les den cobijo, que otros se ocupen de ellos para que puedan dormir bajo techo, comer todos los días y lavarse de vez en cuando; en definitiva, que se los lleven muy lejos donde no les veamos; y si vuelven, que se anuncien con campanillas al grito de ¡marginados!¡ ¡marginados!


Tapados con mantas indescifrables que solo se mojan cuando llueve, vestidos con ropas sacadas de los contenedores, alimentados de la caridad de la buena gente o con una barra de pan y un cartón de vino barato celebran su sacrificio incruento a las puertas del gran supermercado donde entramos la mayoría para rendir tributo al dios consumo.


No encontraron su hueco en el barco de la sociedad, o tal vez ellos mismos se tiraron por la borda; el caso es, que ahora se encuentran sucios, repelentes, como chapapote humano, arrojados del mar del bienestar a las playas del abandono, sin voluntarios chorreantes de grasa que proclame al mundo lo buenos que somos...


En verano, cuando la temperatura es agradable, se les puede ver en grupos distendidos, sonrientes ¿alegres? compartiendo el vino barato de la miseria y el humo de una pipa imposible de la paz; las noches de calor me quiero imaginar que pueden ser mas llevaderas para los que tienen por camas las aceras, las estrellas por techo y por compañeras de sueños las ratas.


En invierno, cuando la lluvia ha empapado los cartones que les sirven de cama y el viento esparce sus harapos como banderas de la miseria y del abandono; cuando el frío les tienen que roer los huesos y el desconsuelo las entrañas... se acuestan pronto para dormir ¿Dormir? bajo un techo imposible de uralíta, y con el cartón de vino al alcance de la mano mientras las luces fluorescentes hacen guiños irónicos e insensibles sobre sus sueños, plagados de historias que se desvanecen cuando despiertan.


Solemos decir que viven así porque quieren, porque no les gusta trabajar, porque no toleran ninguna disciplina, y que son felices a su manera; nosotros creemos que es justo lo que tenemos porque hemos trabajado duro, porque hemos sido previsores, porque le hemos plantado cara a la vida...Palabras huecas, fuegos de artificio, ruidos de discoteca. que pretenden ahuyentar los ángeles buenos de nuestras conciencias.


A veces pienso que la única realidad concreta, básica, fundamental que nos distingue, y separa, a los seres humanos está contenida en la seis letras encadenadas, que he puesto de titulo a estas reflexiones; esa palabra mágica -maldita para unos y bendita para otros- causa de vida y de muerte, que está en el origen de muchas guerras y en el inicio de muchas matanzas; piedra de toque de la grandeza y la miseria del ser humano; por ella se odian los esposos, se rompen las familias, se matan los hermanos, se maldicen los amigos y los hijos son capaces de asesinar a sus padres.


Se han levantado voces en el barrio diciendo que se vayan. ¡Y la mía ha sido una de ellas!

06 enero 2009

El mundo de los tontos es infinito.

La suerte es una anguila resbalosa que se presenta pocas veces en la vida y tienes que andar muy listo si quieres pillarla por la cola.

A Elena la conocí en mis tiempos de fontanero autónomo cuando me llamaba a su mansión del barrio de Salamanca porque las tuberías estaban viejas, los grifos con escapes, las cisternas quejumbrosas y con humedades por todas partes.

No sé si va con la profesión el caer bien a las mujeres o que uno estaba de buen ver con mi metro noventa, ochenta kilos y un piquito de oro que las descolocaba o que me gané la amistad de su padre, enfermo de Parkinson, al que adoraba y al que yo me parecía como dos gotas de agua; el caso fue que en su corazón de hija única alejada del mundo empezó a brotar una llamita que yo atizaba con el soplete de mis palabras persuasivas, mis sonrisas cariñosas y una caída de ojos de perro apaleado –que se desdecía de mi carácter un tanto pedante y agresivo– y unos relatos y unas cartas de amor que elucubraba en mis ratos libres que eran casi todos.

–Muchas veces me avisaba por un goteo que se arreglaba con cerrar bien el grifo, otras me presentaba de improviso con la excusa de hacerle compañía a su padre, otras para arreglar una avería que se veía venir porque yo la dejaba preparada de la vez anterior; cualquier excusa era buena para estar juntos las horas muertas y de paso, dando que hablar, con tantas subidas y bajadas mías, al portero de la finca, que era un guardia civil retirado que tenía bigote, se llamaba Severo y vestía uniforme con botones dorados abrochados hasta el cuello y gorra de plato que no se la quitaba de encima aunque estuviéramos en el mes de agosto.

–En las escasas ocasiones en que el sopor de las medicinas permitía que le dejáramos dormido un buen rato al arrullo de la tele, solíamos dar unas vueltitas cogidos de la mano por el barrio del Marques de Salamanca viendo los escaparates de Velásquez y Serrano o nos acercábamos hasta el Retiro a montar en barca o nos tomábamos algo en el café El encuentro que estaba junto al metro de Lista; momentos de exaltación amorosa en los que me empleaba a fondo para leerle un poco de Bécquer y Rosalía y un mucho de lo mío, porque entonces no había quien me parara a la hora de inventarme historias, unas lacrimógenas y otras con final feliz que yo se las colocaba según veía que estaba de ánimos.

La muerte de su padre, general retirado de nuestro ejercito de tierra, me puso las cosas más fácil, o más difícil según se mire, porque por los años setenta a sus vecinos se le hacían los dedos huéspedes cuando veían aparecer por el portal a un fontanero de uno noventa con la cartera a cuesta y al que se le amontonaban las averías donde la señorita Elena. Tampoco era cuestión de ir pregonando mi inocencia diciendo que lo mío con ella era no parar de leerle cosas bonitas y lo de ella conmigo la de escucharme sin respirar mientras se hacía unas mantelerías a punto de cruz, o eternizarnos al parchís con partidas de doce fichas o no perdernos ningún programa de la tele -con espacio de por medio en el tresíllo-o cuestiones por el estilo, que aunque se lo jurara a toda la comunidad de rodillas con los brazos en cruz en un rellano de la escalera, nadie se lo iba a creer, por lo que Elena se encontraba incomodísima cada vez que el portero, con su sonrisita perruna, un brillo extraño en los ojos y arrugando el bigote, le entregaba la correspondencia.

Un día, que no olvidaré aunque viva cien años, me citó en el café de siempre.

Después de pedirle la consumición a un chico cubano que se llamaba Gilberto, con esa mirada y esa vocecita tan suyas que me hacia cosquillas en la boca del estomago, poniendo sus manitas de terciopelo sobre las mías de andar por las cañerías y con un brillo especial en los ojos que no parpadearon ni un momento, puso toda la carne en el asador –o si lo prefieren más fino– su corazón encima de la mesa y con un vuelco en el mío, me dijo lo siguiente:

–Y bien mi querido Arturo ¿No tienes nada que decirme?

–Decirte ¿Sobre que cosas vida mía?

–Demasiado lo sabes Arturito de mi vida.

–¡Cómo no te expliques mejor Elenita de mi amor!

–¡Es posible que no te hayas dado cuenta de nada bobito de mis entretelas!

–¿Darme cuenta de que cosas entrañas mías, ángel de mi vida, lucero de la noche?

La llegada del chocolate con churros para ella y una infusión de manzanilla para mí (que estaba y estoy tocado con una ulcera en el duodeno que no me permite ganar peso) le sirvió para respirar hondo, coger fuerzas y seguir por el mismo y esplendoroso camino:

–Mira Arturo hemos nacido el uno para el otro, ya no soy una niña, estoy sola en el mundo, no tengo amigas, la casa se me cae encima, me encuentro a disgusto dando que hablar a mis vecinos y no te digo nada del portero, que me descompone con sus risitas de conejo cada vez que me dirige la palabra, y he pensado que quizá no vieras mal que formalizáramos lo nuestro.

Ante esta declaración en toda regla, que me hizo olvidar hasta de lo feo que es el Gilberto –que no nos quitaba la vista de encima mientras le sacaba brillo con un trapo mugriento a la barra de acero inoxidable– después de exprimir el sobre de la infusión, disolver pausadamente un par de azucarillos, simular que meditaba la respuesta y tras un sorbo que me supo a gloria, le dije conteniendo el traqueteo de mi corazón:

Vidita no sabes lo feliz que me haces con tus palabras, que no las merezco, pero que las valoro con toda mi alma y que te voy a responder con el corazón en la mano: En contra de lo que se dice por ahí de que los fontaneros somos los reyes de las chapuzas y que ganamos el oro y el moro, al menos en mi caso no es así: bien porque me da vergüenza pedir lo que vale mi trabajo, bien porque no me llama mucha gente, bien porque mis achaques no me permiten coger obras importantes o porque mi madre requiere de mi atención las veinticuatro horas por culpa de sus enfermedades, que son todas las conocidas o por conocer, el caso es que ni tengo tiempo ni fuerzas para trabajar, ni donde caerme muerto ni nadie que me eche un cable.

Ella apretándome las manos y dirigiéndome una mirada capaz de recalentar el tazón de chocolate me dijo:

–Mi vida ya que me obligas hablaremos de dinero: Como sabes con la mitad que me dieran por el piso podríamos comprarnos otro más pequeño en las afueras por la zona sur, mi padre me ha dejado, además de una pensión razonable, una importante cantidad de dinero en metálico y en bonos del tesoro y unos terrenitos que le dio Franco en la zona de Arroyomolinos, por lo que podríamos vivir sin que tuvieras que andar por ahí con la cartera, que te está deformando la espalda, desatrancando cañerías ajenas.

–En cuanto a tus achaques pienso que unas temporaditas en el balneario de Archena, otras en las playas de Marbella o en los paradores de turismo por Los Picos de Europa y una alimentación y un descanso adecuados bastarían para aliviarte la artrosis y sanarte la ulcera; si no fuera así no faltara quien te cuide, que para eso una es enfermera por vocación y estudios, ¡Ah! Y no hace falta que te diga que tu madre tiene un lugar de preferencia en nuestra casa, porque fuerzas para cuidaros a los dos no me faltan y dinero para pagar a una asistenta tampoco.

Al llegar a este punto pongo al cielo por juez y a los hombres sensatos por testigos, si lo que dije no fueron las mayores chorradas que puedan salir de los labios de un fontanero autónomo en tiempos de crisis y con muchos problemas:

Elenita mía te llevo siete años, insisto en que ando mal de la espalda, regular del estomago, fatal de dinero y con un futuro incierto en mi oficio; comprendo que tu amor y tu generosidad son irresistibles, no obstante quiero que entiendas que quisiera aportar a nuestro matrimonio algo mas que achaques, malos rollos y una madre deteriorada.

–Tengo a la vista el alquiler de un localito que con un poco de suerte iría pagando si meto alguien que trabaje conmigo; con el tiempo me haría de buenos clientes, metería más gente y cogería obras importantes; en esa situación de bonanza económica, podríamos hablar de lo nuestro, yo con la conciencia tranquila y la cabeza muy alta y tu orgullosa de tu Arturo del alma.

Ella, que me escuchaba sin respirar y sin levantar los ojos del tazón de chocolate, apretándome las manos con mas fuerzas y me dijo: Perdóname si no te comprendo demasiado, pero me parece que tu no tienes medios, ni edad, ni salud, ni yo soy tan simple como para creerme este cuento de la lechera; no obstante si insistes en seguir trabajando te ofrezco el dinero para que montes el negocio y luego, si te parece, vamos al cincuenta por ciento: tu te pasas un rato por la fontanería los días que te vengan en gana para recoger la caja y yo te ayudo en la cosa burocrática para que no tengas que calentarte mucho la cabeza.

Cuando ya había aceptado en mi alma estos planteamientos de cuentos de hadas (a todas luces innecesarios por que lo había visto claro a la primera) El demonio –que está al quite cuando algún estúpido botarate se le pone al alcance de sus cuernos– me sugirió estas palabras que he maldecido mas veces que pelos tengo en la cabeza:

¡Bueno Elenita! No hablemos más del asunto. Solo me resta decirte que hubiera sido más feliz al poder ofrecerte algo mejor y aunque insistes en ser tan desprendida y tus razones son de lo más aplastantes me vienen escrúpulos de conciencia y un si es no es de no estar obrando correctamente, veo por un lado que debo aceptar y por otro que me parece un abuso de mi parte; otra cosa sería si yo fuera el rico y tú la pobre como sería lo normal, o al menos me pudiera poner a tu altura en cuanto a medios económicos. De esta forma estuve un buen rato desbarrando con razonamientos contradictorios, que ella trataba de comprender poniendo los ojos como platos soperos, creyendo ¡insensato de mí! Que tenía el pescado vendido y que el mirlo estaba en la jaula, hasta que sentí como, poco a poco, se iba aflojando la presión de sus manos cada vez más frías y se le iba empañando el brillo de su mirada; en este momento ¡fontaneros míos del alma! Vi como de sus ojos del color de las esmeraldas se desprendían unas gotas de agua, que fueron como goterones de estaño fundido que se me colaran dentro de los calcetines, cuando me interrumpió diciéndome, en esencia, lo siguiente:

–Querido mío: estaba convencida de la grandeza de tu alma y la solidez de tu carácter, pero no hasta el punto de arriesgar tu salud y tu porvenir por no faltar a tus principios; hoy me has hecho ver mi equivocación al pensar que con dinero se puede comprar un espíritu tan claro e irreducible como el tuyo, aunque no era esa mi intención ¡bien lo sabe Dios!

Dicho lo anterior y mientras se llevaba, pensativa, a la boca un churro bañado en un chocolate que se había quedado mas helado que mi corazón, porque preveía el desenlace horroroso que ya se veía venir, siguió diciendo cada vez con mas seguridad en la voz, sin nada de brillo en la mirada y soltándome del todo las manos, que no sabía yo donde ponerlas:

–Confieso que he tardado en comprenderte pero ahora lo veo claro; creo que a mi lado no ibas a ser del todo feliz por culpa de la barrera, al parecer, insalvable de mi dinero, pero yo no puedo esperarte tantos años en la situación de soledad en que me encuentro y porque me considero incapaz de amar a otro hombre que no sea tu; por lo que por tu bien y el mío creo que –en este preciso momento se le quebró la voz y le resbalaron otras dos lágrimas que le llegaron a la comisura de los labios– debemos de reconsiderar nuestras relaciones. Dicho esto sacó un billete de mil pesetas del bolso de piel de cocodrilo que se puso en bandolera, recogió la nota, hizo señas a Gilberto, al que le salía por los ojos el regodeo que llevaba por dentro y que me pareció más feo que otras veces, y le dijo que se quedara con la vuelta; luego se detuvo un instante pensativa, sacó un pañuelito de colores del bolso, se secó las lagrimas, se sonó los mocos con mucho estilo y se acercó a la puerta sin volver la vista atrás.

Con escalofríos por todo el cuerpo, tembloroso de manos y piernas, los pies helados, a punto de echarme a llorar, con un nudo en la garganta y con ganas de darme de cabezazos contra la mesa, que era de mármol blanco con vetas negras, vi como la calle se tragaba a mi Elena del alma y con ella la esperanza del futuro más esplendoroso e inimaginable que pudiera soñar el oficial más iluso que haya dado la profesión.

Aquélla misma noche la llamé por teléfono (aunque no tenía muy claro lo que tenía que decirle) Pero no se quiso poner. La llamada la estuve repitiendo varios días y a distintas horas con el mismo resultado.

Al cabo de un mes me presenté en la portería y el ex guardia civil me dijo que la señorita Elena se había marchado de voluntaria al Cono de África con la ONG Enfermeras sin frontera, a la que había hecho donación del piso de doscientos y pico de metros para acoger a las familias de los niños africanos que iba a ser tratados de enfermedades cardiovasculares en la Paz por cuenta de la Seguridad Social. De los terrenos de Arroyomolinos sabía que los había donado para una granja de rehabilitación de drogadictos por cuenta de la organización. Dicho lo anterior y con el pretexto de que tenía que hacer no sé que cosas me dejó con la palabra en la boca no sin antes dirigirme una mirada en la que se mezclaba la conmiseración con el regodeo.

–Ahora cuando la ulcera de estomago y la artrosis me han echado a patadas del tren de la vida laboral y me tengo que apañar con cuatrocientos tres euros de la pensión no contributiva y unos ahorrillos que me dejó mi madre. Ahora que compartiendo piso con una docena de emigrantes de siete nacionalidades me asomo a un ventanuco que da al metro de Lavapies. Ahora cuando me veo pidiendo la vez en los comedores donde te dan la comida caliente del mediodía y un bocadillo con fiambres para la cena. Ahora cuando me van quedando muy pocos telediarios por culpa de mis enfermedades crónicas y mi estupidez recalcitrante pienso lo bien que podría estar con Elena tomando las aguas de Archena, o unas frituras con un buen Barbadillo en el Patio de los Naranjos de Marbella, o respirando aire puro en un parador de turismo en Los Picos de Europa o dándome el sol en la barriga en un crucero por el Mediterráneo.

Pero es que la suerte es una anguila resbalosa y tienes que andar muy listo si quieres pillarla por la cola, o como opinaba un profesor que tuve cuando pequeñito que me solía decir mientras me daba con sus nudillos en la cabeza, como el que comprueba un melón:

Arturito hijo mío: te quiero como a un hijo pero quiero que sepas que EL MUNDO DE LOS TONTOS ES INFINITO

¿Por qué me lo diría?

15 octubre 2008

Me voy a la peluquería.

Muchas mañanas plomizas que amenazan tedio, cuando mis pelos son un ejercito que se resiste a la disciplina del peine, con lo gris real invadiendo el castaño ficticio, me pongo a dar vueltas alrededor del invento... ¿llamo? ... ¿no llamo?

El monedero me grita por su boca famélica: Adela para un poco, no me seas loca, piensa lo que vas ha hacer: Este mes es el cumpleaños de Josito. Tienes una boda a la puerta. Andas mal de ropa y peor de zapatos, el calentador no calienta y la lavadora no lava...Y mi corazón: ¡Anda mujer no seas tonta! ¡cierra los ojos!... ¡total de pobre no vas a salir! ¡Va a merecer la pena! Tu sabes lo presentable que te dejan...además... ¡no te da vergüenza salir a la calle con esos pelos...

Esto último, que afecta a mis principios éticos inclina la balanza a favor del si... descuelgo, marco y digo: ¿Eres José Luis?...¡soy Adela... te llamo por si tendrías un hueco para hoy...¿Y para mañana? ¿sobre las nueve?...¡Gracias! ¡Allí estaré!. Después del trago me pongo como una loca a quitar el polvo de los muebles y de paso ver como andamos de fondos en la cartilla...

Mi Pedro, que sabe como me siento cuando mi cabeza es un erial de rastrojos y mis pelos se escapan gimiendo por el sumidero del lavabo, me aconseja que no le de tantas vueltas, que un buen moldeado me quita años y me transforma en otra mujer mas condescendiente, más alegre con otro brillo en los ojos... y es que mi marido, además de que me quiere y de ser buena persona, es un negado en economía domestica que no sabe ni pedir la vez en la cola de la compra, que no ha tirado nunca del carrito cargado a reventar, que piensa que lo que come, bebe, viste, calza y fuma... ha caído del cielo y que presume, además, de un espíritu de grandeza impropio de un pensionista de seiscientos cuarenta euros al mes.

- A mi marido no le entra en la cabeza que estos santuarios laicos de culto a la belleza, en los cuales no hay distinciones de genero entre los oficiantes, adonde te enteras de todo, donde las oraciones son el murmullo de las conversaciones que se cruzan, donde el tiempo no cuenta, en los que sueles entrar con la moral por los suelos y salir con campanillas de colores en el alma y alas en los pies... tienen un muro que no puede saltar, sin riesgos de romper sus equilibrios económicos, la esposa de un jubilado de tercera.

Pero esta vez le hice caso y me he olvidado del VIA CRUCIS diario por hipermercados, mercados, mercadillos y tiendas de retales a la caza de ofertas: El chocolate con churros que no me tomo y las comidas con las amigas a las que no voy. La revista “Mis labores” que me gustaría ojear, la excursión que no debería perderme... y otros temas aún peores: La dentadura que reclama a gritos un dentista. El callista que me permita ponerme los zapatos nuevos. Las gafas progresivas para ver de cerca y de lejos... me he tapado los ojos y he dicho: ¡de hoy no paso!.

Después de estos tragos, que están en función de mis estados de animo y que corren a la par del deterioro de la imagen que me devuelve el espejo, os aseguro amigas, que ha merecido la pena, porque en esos momentos de exaltación espiritual, que duran lo que la obra del artista se mantiene sobre mi cabeza, se me olvidan las jaquecas ocasionales, mis juanetes perpetuos, los disgustos familiares, las simplezas de mi Pedro, la pesadez de mis vecinas, la pedantería de mis yernos, el abuso de mis hijos, la gordura de mis carnes, la flaqueza de mi cartilla...

- Una sensación de bienestar que me sube desde las plantas de los pies hasta las puntas de los cabellos (que ahora están en su sitio) Me impulsa a salir a las calles para ver escaparates y que me vea la gente. Ponerme el abrigo de piel de conejo para irme por un euro al cine a Parque Sur del brazo de mi Pedro. Irme de hospitales para hacer un recuento de las amigas que me van quedando, con mi hermana al Corte Ingles para darle gusto a los ojos. Llamar a la una, quedar con la otra y salir con todas...el caso es darle bombo y platillo a un moldeado, con tinte incluido, que se ha hecho tanto de rogar.

- Bien es verdad que durante unos días (muy pocos) amanezco con una tortícolis recalcitrante y un malestar de huesos generalizado por miedo a deteriorar la obra de arte de José Luis y tirar a la papelera los treinta y tantos euros que la han motivado. Pero ya se sabe que en esta vida los momentos alegres van a un ten con ten con los tristes. Y aquí de lo que se trata es que en la balanza diaria pesen más aquellos que estos. Cosa que está en nuestras manos si vamos a la peluquería las veces que nuestro cuerpo, y sobre todo nuestro espíritu, lo necesite.

AMEN

15 mayo 2008

El conde de las ovejas

En un condado que no se conoce, hace de tiempo ni se sabe, vivía un conde que era joven, rico y que se llamaba Lucas.

Un día lluvioso a mediados de primavera en que se aburría mas que de costumbre le dijo a su administrador:

Mi fiel Arturo: Ha llegado a mis oídos que mis vasallos andan diciendo que soy un tacaño, que los tengo agobiados con impuestos, que solo me preocupo de divertirme y que me parezco a mis padres solo de nombre.

-Estoy dispuesto a cortar de raíz estas habladurías porque no conviene tener el enemigo en casa, y mas ahora, que estoy pensando declararle la guerra al conde Edelmiro por el asunto de los pastos.

-Tu sabes que mi fortuna no me permite ser demasiado espléndido, no obstante creo que mis rebaños no se resentirían si repartiera unos cientos de ovejas entre mis súbditos, escogidas, eso si, entre las mas flacas y viejas.

-Arturo de sobrenombre “El prudente” después de tragar saliva y rascarse las arrugas de la frente, dijo sin levantar la vista de las sandalias: Me he pasado la vida sirviendo a los Lucas: Primero a vuestro abuelo Lucas, después a vuestro padre Lucas, luego a vuestro hermano Lucas y espero servir a los pequeños Lucas que Dios conceda a mi joven señor Lucas... pero de toda la dinastía de los Lucas...

-¡Alto ahí Arturo! con tantos Lucas. Yo solo quiero que hagas honor a tu apodo y me aconsejes sin tantos enredos de familia.

Pues a eso iba mi señor... continuó Arturo mientras levantaba la vista de las sandalias (que ya iban necesitando un cambio) De todos los Lucas que he servido vos sois el mas inteligente y poco podría deciros que vos no supierais. No obstante por la confianza que me da el haber servido fielmente al linaje de los Lucas...me atrevo a sugeriros, que en vez de un regalo que de poco les iba a servir por escaso e inoportuno...mejor les vendría que les eximierais de algún impuesto. Cosa que sería posible si mi señor suprimiera alguna fiesta o torneo y ese afán por acaparar fondos para agredir a don Edelmiro del que nada podéis temer

El joven conde Lucas tras restregarse las manos y dar unas pataditas contra el suelo dijo: Mira Arturo quizás no te falte razón y te prometo estudiar el asunto de los impuestos para un año de estos, pero ahora pretendo que se cumplan mis deseos...¡ah¡ y quiero recordarte que administradores hay muchos pero condes Lucas pocos y le conviene a tus muchos años el no contrariarme demasiado.

Con el verano llamando a las puertas del castillo y como Arturo no daba señales de vida. El conde Lucas le hizo venir a su presencia. Al verle mas encorvado y decaído, el cabello antes espeso y grisáceo ahora ralo y blanco, las manos inquietas, tembloroso de piernas, la voz apagada, la mirada triste, los dedos que se les escapaban de las sandalias...se guardó la reprimenda que le tenía reservada. Por lo que mirándole desde su sillón tapizado en terciopelo rojo le dijo:

¡Y Bien Arturo!

¡Y bien!... ¿Qué? ...mi joven señor Lucas ...balbuceo Arturo.

-Demasiado lo sabes: Te he llamado para que me digas como va el asunto de las ovejas.

-Sobre el asunto de las ovejas habría mucha tela que cortar o por mejor decir mucha piel que curtir. Como recordará mi señor, le advertí de la inoportunidad de vuestra repentina generosidad de la que han venido discordias sin cuento y desgracias imprevisibles que anuncian un final desastroso, incluso para vuestro servidor, a quien le han salido las canas sirviendo a la familia Lucas: Primero a vuestro abuelo Lucas, luego a vuestro padre Lucas, después a vuestro hermano Lucas...

-¡Arturo!... ¡no empecemos!... ándate con cuidado...y no me recuerdes a cada momento lo fiel que has sido, eres y serás con mi familia y cuéntamelo todo sin omitir detalles por desgraciados que te parezcan.

-Pues verá señor: Vuestros mayorales al recibir de mis labios vuestras órdenes, que recibieron con regocijo, empezaron a repartir ovejas entre familiares y amigos escogiéndolas entre las mas lustrosas. Cosa que irritó a vuestra servidumbre desde el mayordomo al mozo de cocina que también os han expoliado. En la aldea fueron peor las cosas: Este se queja de que las suyas son merinas y las del vecino churras, ese que lechal que tiene menos peso que pascual, aquel que carnero, el otro que recental. Hay quien las han sacrificado porque el balido no les dejaban dormir y ahora no saben que hacer con la carne que se le pudre con el calor y os exigen medios para curtir las pieles. Otros no están conformes con el reparto de una res por persona porque son ellos solos mientras que el de enfrente tiene quince hijos, los abuelos y unos primos que han acudido al olor de tanta lana que cortar. De manera que todo son robos, odios, algaradas ... y...

Y...le corta el discurso el joven conde Lucas poniéndose de pies sobre la piel de oso que le servía de estrado ¿es que aún queda mas?

-Aún queda lo peor: dijo Arturo cada vez mas seguro de si mismo: El viejo Edelmiro al ver tanto expolio en vuestros rebaños y desconcierto en los pastores, ha invadido con sus ovejas vuestros dominios y se ha llevado por delante vuestros mejores pastos, y varios cientos de cabezas por añadidura ante el beneplácito de vuestros guardias que están pensado en pasarse al enemigo. Vuestros vasallos andan sublevados y dicen que no piensan seguir pagándoos los impuestos... Creo que podrías consideraros dichoso si no vienen, con don Edelmiro a la cabeza, a meter fuego al castillo con voz dentro...

-Al ver que a su servidor se le quebraba la voz y se limpiaba unas lágrimas con el dorso de la mano, el joven Lucas a quien el relato le había cambiado el color de la cara y vuelto a sentar desmadejado sobre el sillón, dijo con un hilo de voz: Entonces mi querido amigo la situación no puede ser mas desesperada y nos encontramos al borde de la ruina, todos me son infieles menos tu que has servido a mi familia empezando por mi abuelo y terminando por mi...por lo que te ruego que me aconsejes sobre lo que podemos hacer.

-Mi señor no se pero vuestro servidor a sus años no está para muchos desvelos, contiendas, ni privaciones. He pensado solicitar el amparo de don Edelmiro por si quiere darme cobijo para el resto de mis días y confío que acepte mis consejos mejor que mi joven señor Lucas...

-¿Entonces Arturo? ¿esa es tu última palabra? ¿no tienes ninguna otra que decirme?

Arturo a quien se la ido el temblor de las manos, que parece ahora el conde y su señor el criado, enderezando el cuerpo y poniéndose una caperuza de piel de carnero que había tenido entre los dedos dice elevando la voz mientras le da la espalda y se dirige a la salida: ¡Aún me quedan otras tres que serán las últimas!

¿Y son?... Le grita el conde antes de que alcance la puerta la entrada

Arturo enmarcado por el dintel de la puerta, que dignifica su deterioro físico y las sandalias que lleva en chanclas contesta, en el mismo tono, pero con aire triunfante: ¡HASTA LUEGO LUCAS!

10 abril 2008

Manuel Herrera, primer premio en un concurso literario.

En el artículo "DFotos cambia de aspecto" hacía referencia a las ventajas del nuevo diseño, pero como contrapartida también se perdían artículos y galerías publicados. Recupero éste, por su caché, que decía así:


En DFotos estamos de enhorabuena ya que uno de sus miembros, Manuel Herrera, ha recibido el primer premio en el apartado de Cuento del XXXI Concurso Literario organizado por la Fundación FRATER de Madrid, por el relato titulado "Una visita de Platero al CAMF de Leganés".

El día 12 de mayo de 2007 y coincidiendo con la inauguración de la XXXIX Exposición de Pintura, Artesanía y Labores, se dió lectura al acta del Jurado del XXXI Concurso Literario, compuesto por D. Rafael González Frías, profesor de literatura, Dña. Carmen Holgueras Pecharromán, periodista y Dña. Kety Toledo Uceda, animadora socio-cultural, haciendose publicos los títulos y pseudónimos de los concursantes premiados que en el apartado Cuento fueron:

  • Primer premio.- El trabajo titulado "Una visita de platero al CAMF de Leganés" presentado bajo el pseudónimo "Sísifo". Abierta la plica corresponde a Manuel Herrera Infánte, de Leganés (Madrid).
  • Segundo premio.- El trabajo titulado "Cosas de Julia" presentado bajo el pseudónimo Escaleno. Abierta la plica corresponde a Mª José Rubianes Calvo, de Orense.
Con motivo de la clausura de la exposición se procedió a la entrega de los premios, que en el caso del primer premio estaba dotado con 90 € y trofeo.

El relato premiado puede leerse en este blog siguiendo este enlace:

http://defotosyotros.blogspot.com/2007/08/una-visita-de-platero-al-camf-de-legans.html

y esperamos que sea de vuestro agrado.

27 agosto 2007

Una visita de Platero al CAMF de Leganés.

Platero, hoy quiero presentarte nuevos amigos. Si, ya se que tienes muchos y muy buenos, sobre todo entre los niños, pero estos son especiales. Vas a quererlos como quisiste a la niña tísica: toda ojos negros y dientes blancos, al niño tonto de la calle de San José, a Darbón tu médico, que pasaba de la risa al llanto al recuerdo de su niña muerta.

El centro amplio y luminoso, te parecerá triste, pero es que los residentes son también florecillas solitarias a los bordes del camino, pajarillos atados con cables de acero, cepas que te ofrecen las uvas moscateles de sus sonrisas mientras se retuercen en sus sillas de ruedas. Todos necesitan para seguir viviendo, de la escucha paciente, la palabra amable y las caricias veraces de los que vamos de fuera...ellos te ofrecen, a cambio, las miradas trasparentes de unos ojos como los tuyos que ponen alas en los pies y campanitas de colores en el alma...y una cosa muy extraña, si les preguntas como se encuentran la mayoría te responden que bien ¿Te parece Platero que están tristes?

Ya hemos llegado. Ese hombre que nos dado los buenos días sonriendo, se llama Manuel Candelas y su voz te habrá resultado extraña, porque no es su voz; el no puede hablar, ni moverse, siempre le verás con la cabeza inclinada hacia el lado del corazón; solo mueve, un poco, su mano derecha para apretar el botón de una máquina que le presta algunos sonidos impersonales: ¡Muchas gracias, buenos días, quiero ir al servicio¡...que no pueden expresar los gritos callados, que salen del pozo, insondable, de su conciencia

Continuar con el relato.

Ese otro que camina hacia atrás impulsando con los pies su silla de ruedas, se llama Gabriel, y escribe poemas de vida o de muerte, según sople el viento solano de su esquizofrenia. Ahora tiene los ojos mas brillantes y el monedero más vacío que de costumbre, porque unos malvados le han robado ¡con violencia! Unos euros que guardaba para divertirse un poco en la Rosa Negra ¡Por cosas de estas, Juan Ramón, tu alma gemela se encontraba tan a gusto lejos de los hombres!.

Esa señora que mueve con la barbilla el mando de su trono eléctrico con ruedas, es Margarita y pinta eso: Margaritas, blancas, naranjas, moradas... margaritas diminutas sobre extensiones verdes con pinceladas rojas; sus cuadros son muy apreciados porque son muy buenos y porque han sido pintados con la boca. En adelante no podrá deleitarnos con nuevos paisajes; lo ha tenido que dejar porque el olor de la pintura, tan distinto al que tú aspirabas por lo campos de Moguer, le estaba dañando los pulmones.

Ese otro señor se llama Sebastián, padece de Espondilitis; siempre va tendido en una cama eléctrica, y con ella se le ve pasear por Parque Sur ante la mirada sorprendida de la gente normal. “Sebas” elabora en su corazón y conserva en su memoria, unos poemas que cantan a la vida y que regala amablemente a todo el que se los pide. Con su voz dulce y pausada intenta llevar algo de esperanza a algunos de sus mas de cien compañeros que están pensando en tirar la toalla. Sebastián ha escrito un libro de poemas del que ha vendido toda la edición...

Esa Señorita, rubia, joven, guapísima, recién pintada, que parece esperar a alguien, se llama Juani, es tetrapléjica. Todos los días me pide por favor que le ponga un cigarrillo en la boquilla que tiene pegada en el apoyabrazos. En tanto el humo se desplaza por el tubito hasta sus labios, le guardo el paquete con el mechero, y le pongo sobre el bolso con mis manos calientes las suyas heladas, que parecen de cera. Ella me corresponde con un muchas gracias y una sonrisa que resquebrajan mi alma.

Ese joven con una coleta rubia, de aspecto tranquilo, que avanza trabajosamente por el pasillo con los ojos cerrados y la barbilla clavada sobre el pecho, se llama Alfonso; Una Ataxia cerebral se ha ido apoderando implacablemente de su cuerpo de atleta, no así de su espíritu que es indomable. A veces monta algún numerito que irrita a sus cuidadoras, pero es para llamar la atención; Alfonso no puede vivir, y se desespera, sin sentir el olor, el contacto, el palpitar de otros corazones junto al suyo, sin que alguien le preste, aunque sea por unos momentos, su voz, sus ojos, sus oídos, sus piernas, sus manos...

Ese señor que intenta dar unos pasos agarrado al pasamanos del pasillo se llama José Lillo y ha sufrido, una de detrás de otra, dos hemorragias cerebrales, Si le prestas atención, e hilvanas pacientemente sus palabras. sabrás que fue un celador muy eficiente durante muchos años en el Hospital Clínico de Madrid, y que el personal sanitario; médicos y enfermeras le reclamaban sobre otros compañeros, había incluso cirujanos que pedían que Lillo estuviera presente en las intervenciones; tal era la fuerza, el cariño y la profesionalidad con que cogía entre sus brazos a los pacientes..

Esquizofrenias, Espondilitis, Tetraplejias, Ataxias cerebrales, Hemorragias...que palabras tan negras, tan horribles, tan profundas... parece que son las palabras las que taladran los huesos, paralizan los nervios, obstruyen las arterias, destrozan el cerebro...

Platero si en tus paseos por los prados del cielo te encuentras con Dios, detén el trote, ponte a su altura, roza con tus orejas su túnica, deja que te acaricie y luego, con los espejos de azabache de tus ojos fijos en sus plantas divinas, pídele, en confianza, que las borre de la faz de la tierra.

En tanto platero que se coloca cada cosa en su sitio en el tremendo rompecabezas de la vida, en tanto el ser humano consigue la felicidad que se merece...tú que no duermes, no dejes de acercarte por el CENTRO DE ATENCIÓN AL MINUSVALIDO FISICO DE LEGANÉS.

Tus nuevos amigos te están esperando para que los lleves a pasear, como hacías con tu alma gemela Juan Ramón, por los campos, siempre verdes, de sus ilusiones.

¡PLATERO!

19 abril 2007

¡No soporto las patatas fritas!

A cuarto y mitad del camino de mi vida me pasaba las noches contando patas y dividiéndolas por cuatro para saber el número de ovejas que desfilaban delante de mis ojos cerrados.

Si las noches las pasaba en blanco, por el día lo tenía muy negro por culpa de una ingrata que no se conmovía de las historias que me inventaba de amores desgraciados donde el protagonista Clotildo se pegaba un tiro en el cielo de la boca al no ser correspondido por su amada Clorinda, ni de los versos que le recitaba de Bécquer o Campoamor.

Un buen día, no se si por aburrimiento o porque no tenía mejor pretendiente a corto ni medio plazo, decidió que ya estaba bien de cantinelas amorosas y de admiradores que se pelaban de frío por las esquinas para hacerse el encontradizo y que consentía en que nos viéramos de vez en cuando...

Junto con el si que puso a la desbandada las ovejas de mis sueños y los sabañones de mis orejas me dijo que no era necesario que me diera tan malos ratos, que me excusaba de calentamientos de cabeza con poemas copiados e historias cogidas por los pelos que la traían al fresco... y que podía subir a su casa, siempre y cuando, su padre estuviera presente.

- Cuando en las tardes de los días de fiesta paseábamos cogidos de la mano, ora por las ruinas de Polvoranca, ora con una bolsa de pipas de calabaza sin sal callejeando por Leganés, ora nos plantábamos en Madrid para ver una película de estreno...siempre había una chinita que me impedía disfrutar plenamente de su compañía. Y era que a las diez en punto tenia que estar en casa para servirle la cena a su padre el señor don Julio Cesar.

Mi suegro, según su hija, se conformaba con poquita cosa: Unas chuletitas de cordero lechal no muy pasadas. Unas pescadillitas de roscar muy fresquitas. Una tortillita de dos huevos a la francesa. Unos esparraguitos con su capita de salmón ahumado...pero...eso si...acompañando lo que fuese, con un buen plato de patatas fritas.

Esta exigencia de un señor de sesenta a una hija de veinticinco eran muy duras para un novio de treinta. Sobre todo si había que cumplirla en plena canícula en un pueblo como Leganés cuando a las diez de la noche la gente salía a pasear, se tomaban algo fresco en las terrazas, iban al cine de verano, o se alegraban el cuerpo, bailando separados al aire libre.

- Las patatas fritas del señor don Julio Cesar eran insustituibles, Inalterables, eternas... Tan sagradas como la comida que pide la víspera un condenado a muerte. Como la declaración de Hacienda. Como la ultima voluntad de un amigo que aferrándose estuporoso a tus manos con las suyas heladas, con una mirada, vidriosa, que se aleja, se aleja, se aleja...va y te pide con un hilo de voz, que te hagas cargo de su perrita Lauki, de su esposa Loli, de sus peces de colores y de un loro que solo dice palabrotas.

Esta reminiscencia secular de opresión a la mujer por parte de mi suegro en la persona de su hija Cándida, y de rebote a su yerno Vicente, nos obligaban a dejar a los amigos con la palabra en la boca, las raciones a medio consumir y las películas sin terminar, para estar en casa a la hora nefasta.

El tiempo pasa que da grima, muchas costumbres venerables y creencias arraigadas que parecían eternas ahora nos dejan indiferentes. Después que mi suegro pasara a mejor vida (cosa que dudo, porque mejor que con su hija no va a vivir en ninguna parte) Y ahora que libre de cargas familiares no estamos obligados a dar cuentas a nadie ni a estar en casa con hora...Mi Cándida, por extraño que parezca, mantiene la costumbre de recogerse alrededor de las diez de la noche.

Un hábito que me hace dudar de si las patatas fritas no era mas que una excusa, como excusas son las que ahora dice que a los viejos no se nos ha perdido nada de noche por las calles, que a las diez en la cama estés y que de noche todos los gatos son pardos... El caso es, que por una cosa o por otra, me ha tenido enredado todo el tiempo y no he sabido lo que se ha guisado, en la movida Leganense.

Epilogo: Si algunos de vosotros frecuentáis a diario y en horas tardías la bolera de Parque Sur de Leganés, y veis a un señor de unos setenta años con pantalones vaqueros sujetos con tirantes, la camisa de franela a cuadros rojos y negros, con una gorra de pura lana virgen, que no aparta sus ojos de las pistas donde las chicas juegan a los bolos... No penséis que es un viva la virgen, un corruptor de menores, o un vicioso incorregible.

Puedo dar fe, porque le conozco, que este hombre ama profundamente a su mujer, a la que ha dejado en casa viendo la tele. Que lo único que pretende es echar horas fuera con tal de que sean después de las diez de la noche. Y de que jamás le veréis tomar, junto a la cerveza sin alcohol y la hamburguesa... un plato de patatas fritas.

16 marzo 2007

Con el paso cambiado.

¿Quién de vosotros me ha llamado? ¡Yo! contestan dos voces al unísono: Ella un símbolo palpable de la abundancia de Egipto en los primeros años del virreinato de José y él la escasez y penuria de Israel en los otros siete que siguieron.

Rogelio observa la frente sudorosa de Luisa: La camisa desabrochada, la falda demasiado corta para su edad, sin medias, la bata de trabajo colgada en la percha y que se está dando aire con una carpeta azul cogida de un montón que abarrotan mesas y estanterías.

Empecemos por las señoras que todavía quedamos caballeros en la empresa: ¡A ver Luisa! ¡Cuéntame que te pasa!

¡Hombre! ¡Rogelio! Contesta ella -sin dejar de abanicarse cada vez con más fuerza- pasar, pasar, lo que se dice pasar no me pasa nada, solo que me he dicho: mira Luisa, ahora que no tienes nada que hacer ¿Por qué no llamas al servicio técnico para que te solucione tus problemas con el aire acondicionado? He llamado por el interfono al taller de los calefactores y ¿Quién dirás que aparece? ¡Pues nada mas y nada menos que el mismísimo señorito Rogelio en persona, o sea el último mono del servicio técnico o sea el que habla mucho, promete más lo enreda todo y deja las cosas como se las encuentra.

Rogelio, que ya se ha ido acostumbrado a los recibimientos de la Luisa, pone su escalera de aluminio (que trae sobre los hombros) debajo de la salida del aire acondicionado, sube tres peldaños, mira el comprobador de temperatura y dice mientras se rasca con la otra mano la cabeza:

Ya sabes Luisa que en esta vida todo es relativo y nunca sopla el aire acondicionado al gusto de todos, las cosas son como son y es muy difícil cambiarlas, aparte que uno es un mandado que tiene un montón de jefes por encima ¿Qué mas quisiera yo que darle gusto a todo el mundo? Pero, no te preocupes, que voy a hacer todo lo posible para bajarte unos grados.

¡Espera un poco! Le interrumpe Alberto, el compañero de Luisa: un funcionario con el doble de años y la mitad de peso, un jersey negro de cuello alto que le tapa la boca y un tremendo catarro impiden que se le escuche con claridad, de la protuberancia afilada y rojiza le destilan gotas de agua que está dando saltitos sobre el suelo de terrazo y se frota las manos como si quisiera rompérselas. Alfredo, con un trozo de papel que tiene en el bolsillo de la bata se suena la moquilla lo tira a la papelera con rabia y dice: Pues el hijo del señor Valentín y de la señora Petra le ocurre todo contrario y advierte a todos los calefactores del mundo que se le pongan en fila india y a todas las Luisas –que se morirían de calor hasta en el Polo Norte– que en estas condiciones siberianas yo no puedo trabajar, y si no se me dan los grados que la Luisa dice que le sobran esta misma tarde le pido la baja al médico por bronquitis crónica.

Rogelio, que sigue subido en la escalera, masculla algo entre dientes sobre lo complicados que somos los humanos; luego, elevando el tono, dice que el tema se le escapa pero que se lo va a contar al encargado para que se lo diga al ingeniero y que este informe a la dirección, pero que el tema lo arregla o deja de llamarse Rogelio.

Tras la promesa –que sabe que no va a cumplir y que ni la una ni el otro se la cree– se pone la escalera de tijeras sobre el hombro, se despide de la pareja y se baja al taller mientras los deja discutiendo delante de los cerros de expedientes por hacer.
Es la hora del desayuno, el oficial de primera calefactor deja la escalera en su sitio y toma asiento junto a otros cinco compañeros, que están mareando una bota con vino de Navalcarnero. En la mesita que, rodean alegres y distendidos, hay un buen trozo de queso de oveja en aceite, un plato con embutidos ibéricos, sendas latas abiertas de mejillones y sardinillas en aceite, aceitunas de Camporreal y dos barras de pan hecha trozos. La tele, que se apaga pocas veces, informa que dos agricultores, uno de Pinto y otro de Valdemoro casi se matan a palos por un problema de lindes.

¿De que iba el aviso? Le pregunta Daniel el encargado mientras le ofrece la bota. Rogelio la levanta y apunta durante unos diez segundos el reloj de la pared; se seca unas gotas con la manga de la chaquetilla azul oscuro y contesta: pues iba de una que se achicharra de calor y de otro que se pasma de frío estando los dos en el mismo habitáculo, haciendo el mismo trabajo, y con los mismos grados de temperatura
¿Y que piensas hacer?

Pues yo, de momento solo aspiro a disfrutar de lo que hay sobre la mesa, no dejar quieta a la bota, ganaros el café a los chinos y dejar que corran las manecillas del reloj.

¡Hombre Rogelio! ¡Cómo eres! ¡Algo se podrá hacer! No me extraña que con oficiales como tu, tengamos tan mala fama los de mantenimiento de los centros públicos.
¡Ah! ¡Si¡ ¡No me digas! O mejor dicho ¡Si me digas!: ¿Qué harías tú, que para eso eres el encargado, con esta pareja de locos que no hay quien les entienda y que no hay manera de separarlos?

Pues yo haría, yo haría, empieza a decir Daniel mientras los otros compañeros le miran expectantes (porque no suele mojarse así como así) yo haría yo haría... pide que le entreguen la bota, apunta con ella el reloj más tiempo que de costumbre; se la pasa a otro compañero; se hurga en el bolsillo del pantalón con la mano derecha, la saca con el puño cerrado y dice con aires de victoria: ¡Doce con las que tengo en la mano!

05 enero 2007

Un gato con problemas.

No he dado con mi sitio en esta vida, y dudo que lo encuentre en la próxima, o en la siguiente o en las cuatro restantes, porque el problema lo llevo conmigo, o mejor dicho: yo soy el problema.

Mi dueña se pasa la vida observándome, sin saber a que carta quedarse conmigo, y yo le devuelvo la mirada con indiferencia; me importa muy poco lo que piense, a estas alturas solo deseo que me deje vivir tranquilo.

Reconozco que me quiere demasiado. Pero si hay algo que me descompone es que venga a acariciarme cuando estoy durmiendo, me cambie la leche cuando aún me queda el último sorbo, que me lave sin necesidad (porque para eso tiene uno la lengua) y sobre todo que me ponga prendas de colores para el frío y esos cascabeles con los que voy dando la nota.

La vida en la calle no era fácil, pero me defendía muy bien: bajaba de los árboles con la misma seguridad que subía. Atrapaba a un ratón antes de que le diese tiempo de mover el rabo, le plantaba cara al perro del guarda que le llaman el "matagatos” cuando todos mis compañeros se partían las uñas subiéndose por los tejados

Sobre mi atractivo físico habría que preguntarle a más de una, hasta el punto que circula por ahí no sé que historias sobre no sé cuantos gatitos que dicen que se me parecen en lo negro del pelo, en la manera de arquear el lomo, en el azul cielo de los ojos que cambian a un rojo infierno cuando alguien me toca los bigotes, y sobre todo en mi mala leche.

- Algo en mi debió enamorar a mi dueña cuando decidió quitarme de la calle; quizás esa mirada mía de gato soñoliento y apaleado que no refleja mi carácter, pero que a ella le recordaba los ojos, siempre faltos de sueño de su difunto novio, que era panadero, un tipo retraído que se murió de un infarto cuando ella le insinuó algo sobre el matrimonio...

- Durante un tiempo he ido alternando mi vida entre algodones con la pegajosa de mi dueña, con la peligrosa, pero agradable de la calle, donde últimamente mi presencia esporádica de gato pijo resultaba odiosa, de hecho no soportaban el olor a Nenuco con el que mi ama me martirizaba todos los días después del baño; ni el chalequito de lana, ni el jaleo que iba armando con los cascabeles. De manera de cuando me acercaba al grupo, con todo el sigilo del mundo, me recitaban, desentonando, un pareado que decía: ¡Aquí viene el pijo de la calle “La Paja” de la tía pija del sombrero de paja! Así que no podía estar con los míos por repelente y por desclasado. Y tampoco podía vivir con mi dueña porque no soportaba; sus caricias y besuqueos, el decirme, a cada paso, lo que estaba bien y lo que estaba mal, lo que tenía que comer y beber, la clase de compañía que frecuentaba, las prendas que me tenía que poner... Por lo que decidí, que ya que estaba condenado a soportarla, al menos debería mantenerla a una cierta distancia de seguridad.

- Durante años me he paseado por los tresillos con las pezuñas rebosadas con la tierra de los tiestos, de forma que me gané el aprecio de un tapicero que tapiza sillas y sillones en tu propio domicilio, he roto tres peceras y me he comido ni se sabe de peces de colores. Hice callar para siempre a una docena de canarios, y, sobre todo, y aquí reconozco que se me fueron las uñas, me quité de en medio a un loro que me desquiciaba con sus gritos de ¡Gato malo¡ ¡gato malo!.

- Muchas veces me subía a la mesa del salón, barría con el rabo lo que hubiera encima, cogía impulso y me enganchaba con las uñas lo mas alto posible de visillos y cortinajes para ir dejándome caer con mis doce kilos de mala leche. Otras veces las agarraba de los bajos y tiraba y tiraba hasta dar con ellas en el suelo. Recuerdo una de terciopelo rojo que la marqué con una mancha verdosa de orín que no hubo manera de quitarla....

- Mi dueña lo pensaba mucho antes de tocarme. Bien es verdad que de tarde en tarde, cuando pensaba que estaba dormido se me acercaba por detrás pasito a pasito, aguantando la respiración y me acariciaba, empezando por el rabo, siguiendo por el lomo y terminando por tocarme las narices... yo la dejaba hacer hasta que en un descuido le lanzaba un zarpazo de tanteo con la izquierda y otro definitivo con la derecha de modo que se tira temporadas sin salir a la calle como no sea de noche y tapándose la cara con un pañuelo.

Los gatos nunca somos felices del todo en esta vida, por eso nos dan otras seis. Un día que estaba comiéndome unas sardinitas asadas y bebiendo leche en cuenco de plata. Mi dueña, con la ayuda de un señor vestido de verde, me cogen por sorpresa y me meten en una bolsa enorme de plástico con agujeritos. Yo pensé que me iban a llevar a una residencia para gatos, o tirarme al río con un tiro en la cabeza, pero no fue así, aunque quizás hubiera sido lo mejor; porque terminé debajo de una luz muy fuerte mientras el señor, con la cara tapada cogía algo, que brillaba mucho, de una estantería. Mi dueña lo observaba todo en silencio, a mí me pareció que tenía los ojos lagrimosos. En ese preciso instante me enternecí un poco pero ya era demasiado tarde. Desde ese día nefasto ya no he vuelto a ser el mismo gato que era.

Ahora que me voy tropezando por todas partes. Ahora que el pelo, antes tan espeso, negro y brillante lo voy dejando, canoso y ralo, por toda la casa. Ahora cuando siento una tremenda desazón en las puntas de los dedos en el mismo sitio de las uñas que me han quitado. Ahora que no me noto entre las patas de atrás los bultitos que me hicieron famoso. Ahora que los kilos no me dejan subirme a una silla...pienso que mi vida no tiene sentido y me limito a cerrar los ojos y a dejar pasar el tiempo.

A mi dueña la veo muy cambiada: Ya no se pinta los ojos de azul y los labios de rojo, ni se adorna con collares y pendientes de colores, ni se pone las pulseras de plástico, ni sus calcetines verdes, ni sus chanclas con borlas, ni sus vestidos de lunares, ni su sombrero de paja que se ataba debajo de la barbilla con un lacito verde..., Pero sigue con sus odiosas muestras de cariño sin que nada pueda hacer ya por defenderme, como no sea ir meándome por toda la casa, pero a ella parece no importarle, porque junto con la vista, ha ido perdiendo también el sentido del olfato.

A veces pienso que me hubiera portado mejor si mi dueña no me hubiera tenido en una jaula de oro, si me hubiera querido un poco menos, si me hubiera dejado ir a mi aire, si hubiera respetado mi manera de ser... pero algo me dice en mi interior que no es de los demás la culpa de lo que me pasa, porque, como dije al principio: El problema lo llevo conmigo, y si no cambio, que lo dudo, seré en mis seis vidas restantes UN GATO CON PROBLEMAS.

28 diciembre 2006

Las tres semillas de la abundancia

Querido Ismael: Quiero que conozcas una historia que se ha conservado en la memoria de nuestra tribu como uno de sus tesoros mejor conservados y que nos cuenta lo que ocurrió a un antepasado nuestro con el gran sabio Salomón.

A nuestro Soberano le gustaba pasear por los barrios más tenebrosos y recónditos de Jerusalén cuyos nombres enrojecían los rostros de nuestras mujeres e infundían temor a los más valerosos de nuestros hombres; lugares infames frecuentados por gentes indeseables...que formando redes secretas, empañaban con sus crímenes el nombre, mil veces Santo de nuestro pueblo.

Al rey mas justo y piadoso le disgustaba tener bajo su manto a hombres incrédulos, y todas las noches vestido pobremente y cubierto con una túnica de lana, se mezclaba entre esas gentes, para con la paz que irradiaba su venerable rostro, su sabiduría y la suavidad de su palabra darles a conocer el dulce nombre de Yahvé.

Una noche, cuando se disponía a regresar a Palacio después de compartir su tiempo en una taberna maloliente con ladrones de ganado y salteadores de caminos, de los que se había ido ganando poco a poco la confianza, se vio rodeado por cuatro malhechores que le exigieron todo lo que llevaba encima a cambio de su vida.

Nuestro Rey, que era tan enérgico en el cuerpo como sabio en el espíritu, les hizo frente con entereza, pero hubiera muerto de no acudir en su ayuda un israelita antepasado nuestro, un joven valiente y generoso, él mas fuerte de entre los fuertes de nuestra tribu.

Puesto en fuga los malhechores. El guía de nuestro pueblo se dio a conocer a su salvador y en prueba de agradecimiento le ofreció su anillo y le dijo que fuera a verle la mañana siguiente a su mansión porque quería obsequiarle con algo más valioso.

No pudo dormir Jhadid en toda la noche y antes de que el Sol se mostrara con todo su esplendor se presentó, decidido, ante las enormes puertas de bronce de palacio. Uno de los centinelas, a la vista del anillo, le condujo al jefe de la guardia, y este a la sala del trono donde estaba el rey reunido con su secretario de más confianza.

Al verle Salomón le dijo a su ministro que los dejaran solos, que se ocupara del refrigerio de la mañana y que ordenara al tesorero que trajera un cofre hasta la mitad con monedas de oro.

Nuestro rey le dio las gracias de nuevo y le invitó a sentarse a su lado rogándole que le hablara de su vida, de su Dios, de sus ambiciones más soñadas. Jhadid le contestó que su vida era la cualquier joven cuya riqueza estaba en la fuerza de sus brazos, su Dios el Dios de nuestro padre Abraham y su deseo más intimo compartir su vida con alguna de las hijas más humildes de nuestra tribu de Benjamín.

La llegada en este momento de dos de las favoritas del rey, trayendo en fuentes de plata frutos frescos y vino dulce, precedidas por el tesorero real con un cofre hasta la mitad con monedas de oro, hizo que el rey guardara silencio mientras pensaba lo que diría a Jhadid. Una vez que sus servidores, sin dar la espalda a su señor, abandonaron la sala le invitó a beber de su misma copa y a que participara también de los frutos frescos

Después de comer y beber en la misma copa. El más sabio de los reyes puso en el cofre el anillo que le había devuelto Jhadid, lo mismo hizo con la copa y la jarra que eran de oro incrustadas de diamantes y le dijo: La suerte querido Jhadid se presenta rara vez en nuestras vidas, y tu te la encontraste anoche al salvarme. Hoy te ofrezco mi amistad junto con uno de estos dos regalos que tendrás que elegir

-Con esta fortuna te aguardan noches de insomnio por el miedo a los ladrones. La envidia de tu familiares por tu buena suerte. Te sentirás incomodo con tus amigos de siempre y buscaras otros mas ricos que te llenaran de halagos pero que a tus espaldas se reirían de tus orígenes humildes, irás con miedo por las calles oscura y apartadas, te olvidaras de la fe de tus padres y adoraras al becerro de oro, te casarás con una cortesana a la que solo interese tu dinero y no volverás a arriesgar tu vida como hiciste anoche por salvarme.

Y con este otro (continuó diciendo) mientras cogía tres semillas de los frutos que habían comido: Dormirás tranquilo sin ser envidiado, nadie atentara contra tu vida porque nada tienes que perder, conservaras tus amigos de siempre, serás feliz con tu esposa que te querrá por lo que eres y que te dará hijos, acabarás siendo rico y poderoso, y lo que es mejor serás amado, respetado y ejemplo de vida para nuestro pueblo.

-Mi rey y señor. Al exponer mi vida para salvar a mi Señor tuve el honor de hacer lo que hubiera hecho el más pequeño de mis hermanos. Mi señor no debe nada a este indigno siervo suyo del que puede disponer de su vida como le plazca. Y solo le aceptare como el don mas precioso, las semillas que han estado en su boca, porque estoy seguro que ellas me traerán, junto con el aprecio de mi señor, muchos años de felicidad..

Le agradó a nuestro Sabio la decisión de Jhadid, y le dio las tres semillas: La una era áspera y rugosa al tacto como las manos de nuestros labradores. La otra achatada, con aristas por un lado y redondeada por el otro como las dos caras de una misma cuestión. Y la tercera era suave al tacto, como las manos de las favoritas de nuestro Rey, y brillantes como la mirada de un niño... y entonces...

...Y entonces... Le interrumpió Ismael, al que le brillaban los ojos, prosiguiendo por su cuenta con la narración. Nuestro Rey le entregaría las semillas con la mejor de sus sonrisas y el bueno de Jhadid se despediría de su Señor besándole las manos...Y aquella misma noche, tras ponerse el Sol, elevando sus plegarias a Yahvé las sembraría en el lugar mas fértil y soleado de su finca junto al pozo de sus padres, y a la mañana siguiente, puesto de rodillas en oración las regaría con el cuenco de la mano. Y pasado el tiempo la tierra le devolvería multiplicados: Los melocotones más grandes y olorosos, los albaricoques mas dulces y tiernos, los nísperos más carnosos y agridulces. Cuyas semillas, sembradas de nuevo, convertirían su heredad en la más fértil de los alrededores de Jerusalén y a el en uno de los más ricos hacendados de Israel.

-No fueron así las cosas, querido Ismael porque Jhadid. Era pobre, el más pobre de entre los hijos de nuestra tribu y no tenía tierras, ni pozo, pero era fuerte, tan fuerte que podría compararse al Sansón del que se habla en la historia de nuestro pueblo, y tan austero como el más austero de los antiguos profetas. Y trabajó duro ofreciendo sus brazos en alquiler a unos y a otros hasta poder comprar unas tierras ásperas y pedregosas; y arranco las piedras con las manos, limpió el campo de abrojos, la sangre brotaba de sus manos por la azada y los espinos, y excavó un pozo e hizo una casa, y pasados los años se convirtió en uno de los más ricos de la aldea... y entonces...

... Y entonces... le interrumpió de nuevo Ismael, el bueno de Jhadid, cogería las tres semillas y las sembraría en la tierra (que había regado con su sudor y abonado con su sangre) En el lugar más fértil y soleado, junto al pozo que había excavado con tanto esfuerzo e invocando a Dios...

No fueron así las cosas querido Ismael... porque Jhadid ya tenía las espaldas encorvadas, las piernas de plomo y el pelo de plata y decidió que le había llegado el momento de descansar; y tomó por esposa a una mujer joven y humilde de la tribu de Benjamín, aún fértil, y dio en renta su finca y pudieron vivir felices sin que les faltara lo necesario para el resto de sus vidas y tuvieron un hijo, que se llamó como tu, y del que descendemos nosotros y entonces...

Y entonces le interrumpió, por tercera vez, con el asombro y la duda pintados en sus ojos ¿Qué ocurrió con las semillas? ¿Para que tanto esfuerzo? ¿De que le ha servido a nuestra familia y a nuestro tribu la sabiduría de Salomón y el desprendimiento de nuestro antepasado Jhadid?

Nos ha servido de mucho, le contestó el anciano con la más dulce de sus sonrisas: De ellas hemos aprendido que aquello que vale mas que la riqueza y la sabiduría de Salomón y por lo que merece que entreguemos nuestras vidas no nos lo puede ofrecer una fortuna conseguida de la noche a la mañana. Tienes que comprender que lo verdaderamente valioso, lo que nos puede hacer felices, aquello por lo que podemos ser recordados por las gentes, suele venir, por lo común, acompañado de vigilias y ayunos, que avivan el espíritu y agudizan la inteligencia, y que todo lo preciosos e inabarcable viene acompañado de mucho esfuerzo y de muchos sacrificios.

La existencia (continuó el abuelo) No suele darnos demasiadas oportunidades y a puesto en nuestras manos la posibilidad de acertar con la más feliz o equivocarnos con la mas desgraciada. Las cosas no son tan buenas como nos parecen, ni tan malas como nos creemos. Yo creo que Jhadid tuvo una decisión, incomprensible para muchos, pero acertada en mi opinión. En cuanto a las semillas nunca se pudrieron en la tierra y se ha venido conservando en nuestra familia de generación en generación, y hoy me siento orgulloso de dártelas como ni padre la recibió del suyo y tu tienes que legar a tus hijos.

No quedo muy convencido Ismael sobre si fue acertada la decisión de Jhadid, porque pensaba, que siendo rico hubiera llevado, también, una vida no menos meritoria. Que con dinero se obtienen medios para hacerse conocer de la gente que no están al alcance de quien se quita el pellejo trabajando... Pero su abuelo, adivinándola, porque no en vano era el más sabio de los ancianos de Jericó, se levantó en ese momento con la excusa de que se iba al huerto a observar unos melocotones y unos albaricoques que estaban empezando a madurar.

05 diciembre 2006

Antes y después.

A la persona que nunca quise.

Antes de que el frío hiriente con sus tenazas de hielo desprenda de los dedos ateridos de este desgraciado el lápiz con el que quiere confesarse contigo en este lugar inhóspito

Antes de que la ventisca: Granos de arena, agua salada, viento iracundo y despiadado le nublen los ojos y conviertan en jirones inútiles las páginas en blanco del cuaderno que ha arrastrado consigo en su caída

Antes de que el aliento vital de su espíritu aterrado se diluya en polvo salado por los senderos de un cielo para el desconocido, insensible, lejano y que no ha supuesto nada en su vida aferrada a la tierra

Cuando tiene los ojos cansados por el esfuerzo inútil de querer divisar allá arriba, sobre los bordes del acantilado, inaccesible a sus fuerzas, al salvador que no vendrá en su ayuda, por la razón de que no existe, porque no hay nadie que pueda preocuparse por él, igual que el nunca quiso interesarse por nadie.

Cuándo va perdiendo toda esperanza de salvación una voz le susurra desde el fondo de su conciencia que su actitud personal hacia los otros actores secundarios en el gran teatro de la vida hubiera dado resultados diferentes si el se lo hubiera propuesto ¿felices? ¿Desgraciados?... No lo sabe..., pero está seguro, (o quiere estarlo porque en ello le va el sentido de su propia existencia) Que el desarrollo de la obra podría haber sido diferente, y es posible, que a la caída del telón, llegasen a sus oídos los aplausos de seres agradecidos en vez de este final tan desgraciado, tan fuera de sus cálculos vitales.

Seguir Leyendo...

Perdido sobre un puñado de arena en este lugar desolado donde ha llegado rodando entre las rocas, rotas las piernas, en una bajada resbaladiza por un escaso sendero tortuoso pero que no le es desconocido, porque han sido cien veces pisado por sus botas de experto... este ser, que a nadie quiso, piensa lo fácil que le hubiera sido recibir ayuda de los aldeanos que viven cerca, tan cerca que podrían escuchar sus gritos de socorro si no los acallaran el estruendo furiosos de las olas.

Con tal de que algunos de sus vecinos hubieran conocido sus pasos, con tal de que no se hubiera pasado la vida, huyendo, escapándose, escondiéndose de ellos. Con tal de que hubiera convivido con la gente: Un gesto cariñoso a este, una sonrisa afable a aquel, una actitud benevolente con todos... hubiera sido suficiente... para que alguien le tuviese en su recuerdo, y ahora al notar su falta, hubiera revuelto el Cielo y la Tierra para intentar, si fuera aún posible, encontrarle con vida.

La voz de antes le habla ahora con fuerza, con esa fuerza inquebrantable y acusadora, interrogante y justiciera con que a todos nos grita nuestra conciencia. Palabras sin sonido que se elevan desde nuestro yo profundo, insondable y secreto, conocido en parte por todos nosotros, y en toda su incalculable extensión por el Ser poderoso que nos ha creado y que nos observa con benevolencia. Palabras que le recuerdan que no hay vuelta atrás, que al reloj de su vida se le está acabando la energía vital que sostiene sus pulsaciones, que ya es tarde para ganarse el afecto, el cariño, y el interés de los seres que se han cruzado en su vida y de los que ahora podrían ser en lógica y justa correspondencia, los clavos ardiendo donde agarrarse.

Después que los alfileres de la ventisca, el estruendo de las olas, el silbido del viento, el frío que le agarrotaba los dedos haciendo inservible su lapicero e inútiles las hojas de su cuaderno.

Después de que las voces de su conciencia hayan dejado de señalarle, inquisidoras, aquellas escenas deplorables de una vida sin sentido en las que él, y solo él, fue el único protagonista

Después que una placidez desconocida le haya devuelto a la realidad de su propio yo, cuando siente un calor extraño, pero agradable, que le sube desde las botas chorreantes que se hunden en la arena, hasta los pelos de la cabeza apoyada en las aristas de la roca.

Cuando ha desandado sin esfuerzo los recovecos entre los peñascos, que ya no le resultan resbaladizos, se ha acercado de nuevo a los bordes del acantilado, y ha visto, allá en el fondo, entre las algas que verdea la arena, las olas que se acercan a sus pies y que se llevan en su retroceso su cuaderno, igual que un juguete arrojado desde la borda de un barco, o los restos de una barquita de pescadores. Los pies acariciados por las olas sin fuerzas que le traen de nuevo su cuaderno...

La vuelta a casa no es igual que la venida. Por los senderos antes solitarios discurren ahora en un silencio religioso, igual que un río en una llanura desértica, gentes de todas las razas y colores venidas de todas partes: Estos con los rostros desencajados por algo terrible que parece que le corroen por dentro. Esos con un gesto que podría pasar por una sonrisa si no fuera porque encierra una tristeza indefinible. Aquellos avanzan con dificultad y necesitan apoyarse los unos en los otros para no caer sobre la tierra pedregosa.

Pero todos tienen la vista y la esperanza puestas en un punto de una brillantez indefinible, que les atrae irresistible y que se pierde en el horizonte de una distancia incalculable.

Al Ser cuya voz he escuchado antes, y que ahora se hace visible, quisiera hacerle las preguntas a la que desde hace un rato no encuentro respuesta: ¿Soy yo, el que está aquí, hablando contigo, sintiendo, llorando (aunque ya no tenga frío) Distinto al que yace roto allá abajo? ¿Es que alguien cuyo corazón ha latido, puede ser privado de tener otra oportunidad?...

El Ser transparente e intangible, pero real y verdadero. En respuesta a unas palabras que no he pronunciado. En un gesto de su barbilla, autoritaria pero cariñosa, señala inconfundible, a una persona que está sentada sobre una piedra en el borde del sendero, que parece, por su gesto indiferente y cansado, que espera a alguien que ya tarda, y de cuyos labios se desprende una letanía que solo yo parezco escuchar: Yo soy la persona que nunca quisiste, y que ahora necesita de nuevo tu ayuda para poder encontrarnos con Dios.