05 diciembre 2006

Antes y después.

A la persona que nunca quise.

Antes de que el frío hiriente con sus tenazas de hielo desprenda de los dedos ateridos de este desgraciado el lápiz con el que quiere confesarse contigo en este lugar inhóspito

Antes de que la ventisca: Granos de arena, agua salada, viento iracundo y despiadado le nublen los ojos y conviertan en jirones inútiles las páginas en blanco del cuaderno que ha arrastrado consigo en su caída

Antes de que el aliento vital de su espíritu aterrado se diluya en polvo salado por los senderos de un cielo para el desconocido, insensible, lejano y que no ha supuesto nada en su vida aferrada a la tierra

Cuando tiene los ojos cansados por el esfuerzo inútil de querer divisar allá arriba, sobre los bordes del acantilado, inaccesible a sus fuerzas, al salvador que no vendrá en su ayuda, por la razón de que no existe, porque no hay nadie que pueda preocuparse por él, igual que el nunca quiso interesarse por nadie.

Cuándo va perdiendo toda esperanza de salvación una voz le susurra desde el fondo de su conciencia que su actitud personal hacia los otros actores secundarios en el gran teatro de la vida hubiera dado resultados diferentes si el se lo hubiera propuesto ¿felices? ¿Desgraciados?... No lo sabe..., pero está seguro, (o quiere estarlo porque en ello le va el sentido de su propia existencia) Que el desarrollo de la obra podría haber sido diferente, y es posible, que a la caída del telón, llegasen a sus oídos los aplausos de seres agradecidos en vez de este final tan desgraciado, tan fuera de sus cálculos vitales.

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Perdido sobre un puñado de arena en este lugar desolado donde ha llegado rodando entre las rocas, rotas las piernas, en una bajada resbaladiza por un escaso sendero tortuoso pero que no le es desconocido, porque han sido cien veces pisado por sus botas de experto... este ser, que a nadie quiso, piensa lo fácil que le hubiera sido recibir ayuda de los aldeanos que viven cerca, tan cerca que podrían escuchar sus gritos de socorro si no los acallaran el estruendo furiosos de las olas.

Con tal de que algunos de sus vecinos hubieran conocido sus pasos, con tal de que no se hubiera pasado la vida, huyendo, escapándose, escondiéndose de ellos. Con tal de que hubiera convivido con la gente: Un gesto cariñoso a este, una sonrisa afable a aquel, una actitud benevolente con todos... hubiera sido suficiente... para que alguien le tuviese en su recuerdo, y ahora al notar su falta, hubiera revuelto el Cielo y la Tierra para intentar, si fuera aún posible, encontrarle con vida.

La voz de antes le habla ahora con fuerza, con esa fuerza inquebrantable y acusadora, interrogante y justiciera con que a todos nos grita nuestra conciencia. Palabras sin sonido que se elevan desde nuestro yo profundo, insondable y secreto, conocido en parte por todos nosotros, y en toda su incalculable extensión por el Ser poderoso que nos ha creado y que nos observa con benevolencia. Palabras que le recuerdan que no hay vuelta atrás, que al reloj de su vida se le está acabando la energía vital que sostiene sus pulsaciones, que ya es tarde para ganarse el afecto, el cariño, y el interés de los seres que se han cruzado en su vida y de los que ahora podrían ser en lógica y justa correspondencia, los clavos ardiendo donde agarrarse.

Después que los alfileres de la ventisca, el estruendo de las olas, el silbido del viento, el frío que le agarrotaba los dedos haciendo inservible su lapicero e inútiles las hojas de su cuaderno.

Después de que las voces de su conciencia hayan dejado de señalarle, inquisidoras, aquellas escenas deplorables de una vida sin sentido en las que él, y solo él, fue el único protagonista

Después que una placidez desconocida le haya devuelto a la realidad de su propio yo, cuando siente un calor extraño, pero agradable, que le sube desde las botas chorreantes que se hunden en la arena, hasta los pelos de la cabeza apoyada en las aristas de la roca.

Cuando ha desandado sin esfuerzo los recovecos entre los peñascos, que ya no le resultan resbaladizos, se ha acercado de nuevo a los bordes del acantilado, y ha visto, allá en el fondo, entre las algas que verdea la arena, las olas que se acercan a sus pies y que se llevan en su retroceso su cuaderno, igual que un juguete arrojado desde la borda de un barco, o los restos de una barquita de pescadores. Los pies acariciados por las olas sin fuerzas que le traen de nuevo su cuaderno...

La vuelta a casa no es igual que la venida. Por los senderos antes solitarios discurren ahora en un silencio religioso, igual que un río en una llanura desértica, gentes de todas las razas y colores venidas de todas partes: Estos con los rostros desencajados por algo terrible que parece que le corroen por dentro. Esos con un gesto que podría pasar por una sonrisa si no fuera porque encierra una tristeza indefinible. Aquellos avanzan con dificultad y necesitan apoyarse los unos en los otros para no caer sobre la tierra pedregosa.

Pero todos tienen la vista y la esperanza puestas en un punto de una brillantez indefinible, que les atrae irresistible y que se pierde en el horizonte de una distancia incalculable.

Al Ser cuya voz he escuchado antes, y que ahora se hace visible, quisiera hacerle las preguntas a la que desde hace un rato no encuentro respuesta: ¿Soy yo, el que está aquí, hablando contigo, sintiendo, llorando (aunque ya no tenga frío) Distinto al que yace roto allá abajo? ¿Es que alguien cuyo corazón ha latido, puede ser privado de tener otra oportunidad?...

El Ser transparente e intangible, pero real y verdadero. En respuesta a unas palabras que no he pronunciado. En un gesto de su barbilla, autoritaria pero cariñosa, señala inconfundible, a una persona que está sentada sobre una piedra en el borde del sendero, que parece, por su gesto indiferente y cansado, que espera a alguien que ya tarda, y de cuyos labios se desprende una letanía que solo yo parezco escuchar: Yo soy la persona que nunca quisiste, y que ahora necesita de nuevo tu ayuda para poder encontrarnos con Dios.