05 enero 2007

Un gato con problemas.

No he dado con mi sitio en esta vida, y dudo que lo encuentre en la próxima, o en la siguiente o en las cuatro restantes, porque el problema lo llevo conmigo, o mejor dicho: yo soy el problema.

Mi dueña se pasa la vida observándome, sin saber a que carta quedarse conmigo, y yo le devuelvo la mirada con indiferencia; me importa muy poco lo que piense, a estas alturas solo deseo que me deje vivir tranquilo.

Reconozco que me quiere demasiado. Pero si hay algo que me descompone es que venga a acariciarme cuando estoy durmiendo, me cambie la leche cuando aún me queda el último sorbo, que me lave sin necesidad (porque para eso tiene uno la lengua) y sobre todo que me ponga prendas de colores para el frío y esos cascabeles con los que voy dando la nota.

La vida en la calle no era fácil, pero me defendía muy bien: bajaba de los árboles con la misma seguridad que subía. Atrapaba a un ratón antes de que le diese tiempo de mover el rabo, le plantaba cara al perro del guarda que le llaman el "matagatos” cuando todos mis compañeros se partían las uñas subiéndose por los tejados

Sobre mi atractivo físico habría que preguntarle a más de una, hasta el punto que circula por ahí no sé que historias sobre no sé cuantos gatitos que dicen que se me parecen en lo negro del pelo, en la manera de arquear el lomo, en el azul cielo de los ojos que cambian a un rojo infierno cuando alguien me toca los bigotes, y sobre todo en mi mala leche.

- Algo en mi debió enamorar a mi dueña cuando decidió quitarme de la calle; quizás esa mirada mía de gato soñoliento y apaleado que no refleja mi carácter, pero que a ella le recordaba los ojos, siempre faltos de sueño de su difunto novio, que era panadero, un tipo retraído que se murió de un infarto cuando ella le insinuó algo sobre el matrimonio...

- Durante un tiempo he ido alternando mi vida entre algodones con la pegajosa de mi dueña, con la peligrosa, pero agradable de la calle, donde últimamente mi presencia esporádica de gato pijo resultaba odiosa, de hecho no soportaban el olor a Nenuco con el que mi ama me martirizaba todos los días después del baño; ni el chalequito de lana, ni el jaleo que iba armando con los cascabeles. De manera de cuando me acercaba al grupo, con todo el sigilo del mundo, me recitaban, desentonando, un pareado que decía: ¡Aquí viene el pijo de la calle “La Paja” de la tía pija del sombrero de paja! Así que no podía estar con los míos por repelente y por desclasado. Y tampoco podía vivir con mi dueña porque no soportaba; sus caricias y besuqueos, el decirme, a cada paso, lo que estaba bien y lo que estaba mal, lo que tenía que comer y beber, la clase de compañía que frecuentaba, las prendas que me tenía que poner... Por lo que decidí, que ya que estaba condenado a soportarla, al menos debería mantenerla a una cierta distancia de seguridad.

- Durante años me he paseado por los tresillos con las pezuñas rebosadas con la tierra de los tiestos, de forma que me gané el aprecio de un tapicero que tapiza sillas y sillones en tu propio domicilio, he roto tres peceras y me he comido ni se sabe de peces de colores. Hice callar para siempre a una docena de canarios, y, sobre todo, y aquí reconozco que se me fueron las uñas, me quité de en medio a un loro que me desquiciaba con sus gritos de ¡Gato malo¡ ¡gato malo!.

- Muchas veces me subía a la mesa del salón, barría con el rabo lo que hubiera encima, cogía impulso y me enganchaba con las uñas lo mas alto posible de visillos y cortinajes para ir dejándome caer con mis doce kilos de mala leche. Otras veces las agarraba de los bajos y tiraba y tiraba hasta dar con ellas en el suelo. Recuerdo una de terciopelo rojo que la marqué con una mancha verdosa de orín que no hubo manera de quitarla....

- Mi dueña lo pensaba mucho antes de tocarme. Bien es verdad que de tarde en tarde, cuando pensaba que estaba dormido se me acercaba por detrás pasito a pasito, aguantando la respiración y me acariciaba, empezando por el rabo, siguiendo por el lomo y terminando por tocarme las narices... yo la dejaba hacer hasta que en un descuido le lanzaba un zarpazo de tanteo con la izquierda y otro definitivo con la derecha de modo que se tira temporadas sin salir a la calle como no sea de noche y tapándose la cara con un pañuelo.

Los gatos nunca somos felices del todo en esta vida, por eso nos dan otras seis. Un día que estaba comiéndome unas sardinitas asadas y bebiendo leche en cuenco de plata. Mi dueña, con la ayuda de un señor vestido de verde, me cogen por sorpresa y me meten en una bolsa enorme de plástico con agujeritos. Yo pensé que me iban a llevar a una residencia para gatos, o tirarme al río con un tiro en la cabeza, pero no fue así, aunque quizás hubiera sido lo mejor; porque terminé debajo de una luz muy fuerte mientras el señor, con la cara tapada cogía algo, que brillaba mucho, de una estantería. Mi dueña lo observaba todo en silencio, a mí me pareció que tenía los ojos lagrimosos. En ese preciso instante me enternecí un poco pero ya era demasiado tarde. Desde ese día nefasto ya no he vuelto a ser el mismo gato que era.

Ahora que me voy tropezando por todas partes. Ahora que el pelo, antes tan espeso, negro y brillante lo voy dejando, canoso y ralo, por toda la casa. Ahora cuando siento una tremenda desazón en las puntas de los dedos en el mismo sitio de las uñas que me han quitado. Ahora que no me noto entre las patas de atrás los bultitos que me hicieron famoso. Ahora que los kilos no me dejan subirme a una silla...pienso que mi vida no tiene sentido y me limito a cerrar los ojos y a dejar pasar el tiempo.

A mi dueña la veo muy cambiada: Ya no se pinta los ojos de azul y los labios de rojo, ni se adorna con collares y pendientes de colores, ni se pone las pulseras de plástico, ni sus calcetines verdes, ni sus chanclas con borlas, ni sus vestidos de lunares, ni su sombrero de paja que se ataba debajo de la barbilla con un lacito verde..., Pero sigue con sus odiosas muestras de cariño sin que nada pueda hacer ya por defenderme, como no sea ir meándome por toda la casa, pero a ella parece no importarle, porque junto con la vista, ha ido perdiendo también el sentido del olfato.

A veces pienso que me hubiera portado mejor si mi dueña no me hubiera tenido en una jaula de oro, si me hubiera querido un poco menos, si me hubiera dejado ir a mi aire, si hubiera respetado mi manera de ser... pero algo me dice en mi interior que no es de los demás la culpa de lo que me pasa, porque, como dije al principio: El problema lo llevo conmigo, y si no cambio, que lo dudo, seré en mis seis vidas restantes UN GATO CON PROBLEMAS.